-Libros tan viejos no deben leerse hija.- Dijo la abuela
¿Por qué no? Me preguntaba…
-Y añadió la abuela- A saber donde han estado, ese hombre que vivía encerrado, locura la suya… locura.
La mirada de incredulidad que en ese momento se dibujó en mi rostro demostró el escepticismo de las palabras que la abuela me había dedicado. Yo supe ya entonces que segundos motivos se escondían en los pensamientos remezclados de la abuela, sin embargo, ese día, permanecí callada y seguí escuchando el relato que cambiaba por continuo de generación pasada a la presente y de nuevo al pasado.
miércoles, 13 de febrero de 2008
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